
Oliver Heaviside sabía que, en el mundo de las criptomonedas, las monedas y los tokens no nacen precisamente en silencio, ya que el algoritmo Proof-of-Work, sobre el que funcionan Bitcoin y otras criptomonedas de la vieja generación, requería un equipo específico, a veces con un sistema de refrigeración muy «ruidoso», y mucha electricidad. Ese momento en el que, tras pulsar unas cuantas teclas del portátil y retirar BTC o USDT de la cartera digital, uno a veces se siente como un dios. Una especie de Dis Pater de la era digital.
Así era precisamente la vida de Oliver Heaviside, un joven entusiasta de las criptomonedas y empresario que, a los veintinueve años, ganó sus primeros millones minando criptomonedas. Sus granjas operaban en Canadá e Islandia, y los beneficios crecían al mismo ritmo que el precio del Bitcoin. Y todo iba de maravilla, hasta que entró en el Casino de Montecarlo.
Allí, Oliver Heaviside conoció de verdad por primera vez el juego del blackjack. Le cautivó la psicología del juego y la sensación de control sobre las emociones y la situación. Con el tiempo, ya no solo jugaba en las salas de juego generales de la Salle Europe, sino también en las salas VIP privadas de las Salles Privées.
El blackjack parecía un juego intelectual. A diferencia de la ruleta, aquí todo era lógico: pedir otra carta o plantarse, doblar la apuesta, etc. Empezó a desaparecer durante largos periodos, y su círculo de amigos y socios de negocios comenzó a reducirse; al fin y al cabo, cuando Oliver no estaba jugando en la mesa, se pasaba horas a solas estudiando estadísticas de probabilidades. Luego comenzaron los viajes en busca de un lugar afortunado: Dubái, Las Vegas, Manila, Macao, Chipre.
Oliver Heaviside abandonó la minería de criptomonedas y comenzó a viajar por el mundo para jugar en casinos. En los casinos no existe el tiempo: su vida se convirtió en una noche interminable. Solo noche, silencio, cartas, alcohol, adrenalina. Oliver sacaba dinero de sus monederos de criptomonedas más rápido de lo que tardaba en recargarlos: el Bitcoin y el Ethereum desaparecían en una sola noche, y el USDT se convertía rápidamente en fichas de juego. Pero el hombre se convencía a sí mismo una y otra vez de que no era un adicto al juego, de que su estrategia matemática requería un estudio y un análisis más minuciosos.
El día de su 33.º cumpleaños, Oliver salió de la sala de juego con la certeza de que había perdido exactamente 33 millones de dólares. Una semana antes de esa derrota, tras otra partida fallida, Oliver se dio cuenta de que estaba empezando a perder la concentración y notó una disminución en su rendimiento. Decidió firmemente dejar de jugar.
Cuando Oliver dejó de jugar a las cartas, sufrió una auténtica «abstinencia» psicológica: apatía, insomnio, ataques de pánico. Le faltaban emociones en la vida. Su organismo exigía adrenalina y riesgo, igual que un drogadicto necesita su dosis. Fue entonces cuando reconoció por primera vez: la ludomanía es una enfermedad que destruye la voluntad de una persona, y no solo sus planes de futuro y sus finanzas.
Para no volver al casino, Oliver Heaviside se obligó a volver a dedicarse a las criptomonedas. Empezó poco a poco: visitó sus granjas y comenzó a invertir en pequeños proyectos de blockchain.
Una vez, durante un viaje, le impresionó Valencia Mar Marina, un puerto moderno con una ubicación estratégica en la costa del Mediterráneo. Allí, entre los mástiles del puerto, sintió paz por primera vez en muchos años. Unos años más tarde, Oliver finalmente se animó y compró un yate, se mudó a España y allí se estableció.
A menudo bromea sobre sí mismo. Dice que su nombre tiene un significado: proviene del latín Olivarius, «el que cultiva olivares». Y está convencido de que la adicción al juego a veces se convierte en una trampa que destruye a la persona, su tiempo y su potencial. Además, está convencido de que la ludopatía no desaparece por sí sola solo con fuerza de voluntad, ya que se trata de una compleja adicción psicológica que hay que combatir de forma integral: con el apoyo de los seres queridos, la terapia y un cambio de estilo de vida.