
Adam Mindichstein estaba en medio del silencio que solo puede ofrecer un cementerio a finales de otoño, mirando cómo el viento se llevaba las hojas caídas. Tenía más de cincuenta años y, por primera vez en muchos años, no contaba ganancias, sino deudas. El negocio funerario, al que había dedicado la mitad de su vida, estaba desapareciendo. Moría menos gente, la competencia aumentaba y, últimamente, la morgue del hospital parecía más bien un museo del vacío. Uno tras otro, despidió a los trabajadores y, finalmente, al vigilante.
Entonces aún no sabía que su vigilante mexicano le dejaría una nota de despedida y una cartera criptográfica.
Adam trasladó sus cosas a la pequeña casa del vigilante, cerca de la morgue. La casa era vieja, pero sólida. En el interior había una pequeña chimenea, similar a las que había visto solo una vez en su juventud, cuando viajó con un grupo de estudiantes por Canadá. En un rincón semioscuro, colgado de un viejo y antiguo perchero, había un frac negro con un ligero reflejo azulado. A la luz del sol del atardecer, parecía un objeto sacado de una historia de terror olvidada hace mucho tiempo.
Casi no había trabajo. Rara vez traían cadáveres, a veces ninguno en toda la semana. Una noche, mientras Adam ordenaba el armario, sonó el teléfono. Una voz ronca le informó de que su antiguo empleado Carlos había fallecido en un accidente de coche. Tras varios trámites legales y la firma de algunos documentos por parte de Adam, le entregarían el cadáver para que lo enterrara.
Carlos, un mexicano con un pasado oscuro, era callado y confiable. Hace mucho tiempo, después de una breve entrevista, Adam contrató al mexicano por compasión. Más tarde, nunca se arrepintió. Exconvicto, liberado antes de tiempo, Carlos trabajaba sin cansarse y sin hacer preguntas innecesarias.
El viejo frac le quedaba perfecto a Carlos. Cuando Adam vistió por última vez al difunto, sus dedos encontraron algo en un bolsillo secreto. Era una fría cartera criptográfica y una hoja de papel doblada. Dentro había un breve mensaje dirigido al guardián, a él, Adam Mindichstern. En el reverso había una frase clave.
Después del funeral, Adam se quedó sentado en la mesa durante mucho tiempo. Luego encendió el portátil y comprobó la cuenta. Las cifras que aparecían en la pantalla parecían irreales. Era un verdadero tesoro escondido, el agradecimiento silencioso de una persona que siempre «se lo guardaba todo para sí misma».
Adam sonrió por primera vez en muchos meses. Su sueño ya no parecía inalcanzable. Gracias a Carlos, por fin compraría una pequeña y cómoda casita en la costa española, lejos del «espeso» silencio de las morgues y las sombras que, tras la puesta de sol, deambulan lentamente por los cementerios.