
Carlos Rey Norris no era un multimillonario solitario, pero toda su vida se basó en cálculos fríos, tanto en los negocios como en las inversiones. Su primera esposa lo había abandonado hacía mucho tiempo, pero su hijo Arthur permaneció a su lado. Cuando el joven alcanzó la mayoría de edad, se convirtió en un moreno alto y apuesto que atraía la atención no solo de las jóvenes, sino también de las mujeres mayores. Su madrastra María, una belleza de treinta y siete años, no fue una excepción. Con fría calculadora, ella «enredó» al joven en un instante y lo invitaba cada vez más a menudo a su dormitorio, mientras el dueño de la casa estaba ausente. Aunque Carlos notó más de una vez que desaparecían juntos, no le dio ninguna importancia.
La conspiración salió a la luz rápidamente: Arthur y María crearon una empresa ficticia con la que querían estafar al anciano, presentándole facturas por bienes y servicios inexistentes. El astuto plan era sencillo: demostrar que Carlos Rey Norris estaba loco, enviarlo a un hospital psiquiátrico para que lo trataran y luego a una residencia de ancianos. Mientras tanto, dividirían a partes iguales sus propiedades inmobiliarias y cuentas bancarias. Solo había una cosa que no sabían: Carlos había transferido hacía tiempo una parte importante de su fortuna a criptomonedas, que guardaba en dos monederos fríos.
La enfermera Karina, que acudía cada semana a darle un masaje, se enteró por casualidad de la conspiración. Se lo contó todo al empresario, y la verdad le supuso un duro golpe. Un derrame cerebral derribó a Carlos en su despacho, pero antes de que lo llevaran al hospital, tuvo tiempo de susurrarle a Karina dónde estaban los dos Ledger Nano y la carpeta con las claves y contraseñas.
Dos semanas después de su hospitalización, Carlos, sin haberse recuperado, falleció. Cuando el abogado leyó el testamento, toda la familia y los presentes se quedaron en shock: había dejado todos sus bienes inmuebles y cuentas a una fundación benéfica internacional para la lucha contra el cáncer, y las dos frías carteras criptográficas con todo su contenido, a la enfermera Karina. No había ni una sola mención a su hijo y su esposa.
Para Artur y Maria fue un fracaso y un verdadero shock, ya que la pareja ni siquiera sospechaba de la existencia de los criptoactivos secretos. Toda la amargura de la decepción por el robo de la criptomoneda de sus sueños se reflejó en sus rostros durante el anuncio de la última voluntad del difunto. Habían perdido la oportunidad de ganar mucho dinero. Para Karina, sin embargo, fue una suerte y un regalo del destino.
Dejó su trabajo, se mudó a las Islas Baleares y se instaló en Menorca, que siempre le había gustado. Allí invirtió en un establecimiento para vacaciones familiares y se matriculó en la universidad para comprender todos los entresijos de las criptomonedas.
Así, el frío cálculo de Carlos y la honestidad y franqueza de la enfermera cambiaron la vida de la joven y hicieron que el mundo fuera un poco mejor. Para Karina, de 26 años, las criptomonedas y los fríos monederos electrónicos se convirtieron no solo en un instrumento financiero, sino también en un símbolo del futuro y la libertad financiera.