
Desde pequeña, Elizabeth vivió en una casa donde casi nadie se fijaba en ella. Su madrastra, una mujer bajita y malhumorada, la miraba con frialdad con sus ojos grises, como si fuera una pared de cristal, y sus hijos la despreciaban abiertamente y se burlaban de ella. La única persona que le brindaba calor humano era su padre. Fue él quien le enseñó a amar esas plantas maravillosas.
En su pequeño invernadero había diferentes especies de cactus que impresionaban por la variedad de sus formas: inusuales astrophytums y opuntias, las poco exigentes mamillarias y rebutias, echinopsis en flor, las únicas Pelecyphora aselliformis y Espostoa lanata. A Elizabeth le encantaban todos los cactus, pero le gustaba especialmente el Selenicereus grandiflorus. Su padre lo había traído de su tierra natal y llamaba a la planta «Reina de la noche». Es precisamente con la Reina de la noche con quien está relacionada esta historia cripto sobre 121 bitcoins.
Una noche, su padre enfermó y acabó en el hospital, y el ambiente en casa cambió para siempre. La indiferencia de su madrastra se convirtió en un frío ártico y, más tarde, en abierta hostilidad. Elizabeth, al volver a casa del colegio, se refugiaba cada vez más a menudo en su buhardilla bajo el techo de cristal. Solo allí, entre las plantas espinosas, se sentía a salvo. Pero, como es sabido, las desgracias nunca vienen solas.
Tras la muerte de su padre, la madrastra empezó a meterse con Elizabeth y su invernadero de todas las formas posibles, y ella se vio obligada a mudarse a una casa en las afueras junto con sus plantas. En su día, la madre de Elizabeth le pidió a su marido que construyera en ella un pequeño invernadero de cristal para que su hija de 10 años pudiera dedicarse a su pasatiempo favorito: cultivar cactus raros. Y ahora ese invernadero se había convertido en el nuevo hogar de cientos de cactus.
Pasó un año. Elizabeth vivía modestamente, cuidando de sus cactus. Hacía tiempo que se habían convertido en su única familia. Pero un día se dio cuenta de que a su querida «Reina de la noche» le quedaba pequeña la vieja maceta. Elizabeth decidió trasplantar la planta, sin sospechar siquiera que eso cambiaría su vida para siempre.
Cuando la joven liberaba con cuidado las finas raíces de la tierra vieja, sus dedos tropezaron con algo duro. Dentro de la maceta, escondido no muy profundo bajo la tierra, yacía un pequeño recipiente de plástico, y en él, un pequeño trozo de papel doblado. El papel estaba completamente escrito en letra pequeña. La letra era la de su padre.
En el recipiente había una nota de su padre en la que se hablaba de 121 bitcoins. En su día, sin entender mucho de criptomonedas, se arriesgó y los compró. Más tarde decidió que se los dejaría a su hija como regalo cuando terminara la universidad. Pero, por desgracia, no pudo ser.
«Si estás leyendo esto, significa que no llegué a decirte lo más importante. No entendía mucho de esto, pero en su momento me arriesgué… Aquí hay 121 bitcoins. Quería regalártelos cuando terminaras la universidad. Quizás esto sea tu oportunidad de tener otra vida. Perdona que mamá y yo te hayamos dejado tan pronto».
Elizabeth, entre las lágrimas que rodaban lentamente por sus mejillas, encendió el portátil y siguió todas las instrucciones de su padre que figuraban en la nota. Ante ella se abrió el acceso al monedero criptográfico.
En el silencio del invernadero, se quedó sentada mucho tiempo junto al cactus. Fue él quien guardó este secreto. Fue él quien se convirtió en el puente entre el pasado y el futuro.
En una semana, la «Reina de la noche» floreció y sus pétalos se abrieron lentamente, como si confiaran su belleza a la oscuridad. Elizabeth miró la flor y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió dolor. Lo que antes no era más que un extraño experimento financiero de su padre, ahora le resultaba útil.
Ya no se sentía sola y sabía que, a veces, los mayores tesoros no se esconden en bancos ni en cajas fuertes, sino en las cosas que amamos. En las cosas donde vive la memoria.